Para solucionar un problema en una situación de estrés, primero necesitamos un mínimo de calma.
La calma nos da sensación de control.
El control activa la función cerebral que evalúa una situación y busca la mejor solución.
… para, respira profundo, nombra un objeto a tu alrededor (en voz alta o interiormente), vuelve a respirar profundo, nombra otro objeto, y dedica solo dos minutos a esta práctica.
Para solucionar un problema en una situación de estrés, primero necesitamos un mínimo de calma. La calma nos da sensación de control. El control se activa en la parte cerebral que evalúa una situación y busca la mejor solución.
Nuestro cerebro está formado por tres capas de dentro a fuera, que corresponden a los niveles de evolución.
Primero el paleocerebro, encargado de las funciones más básicas y automáticas del organismo: lo que allí se gestiona está ya programado sin que tengas que ocuparte conscientemente de nada: comer, dormir, despertar, llorar, respirar, notar la temperatura, el hambre, el dolor (…)
Le sigue el cerebro límbico, una capa más externa en la que se registran las emociones y el vínculo con los demás.
El cortex cerebral, es la zona encargada de conceptualizar, evaluar lo que sucede, ordenar la situación y proponer la acción que más conviene.
Cuando estamos en niveles de estrés altos, el córtex no funciona a pleno rendimiento y es una parte necesaria para tomar una buena decisión, que tenga en cuenta todas las opciones, para elegir bien e integrar la experiencia (que no quede nada pendiente). Una forma inmediata de reactivar esta zona tan importante y regular la emoción al instante es nombrar los objetos que tenemos alrededor:
para, respira profundo, nombra un objeto a tu alrededor (en voz alta o interiormente), vuelve a respirar profundo, nombra otro objeto, y dedica solo dos minutos a esta práctica.
El área del lenguaje activa la corteza cerebral, nos devuelve al presente, va más allá de la emoción y nos da un momento de control y calma para que el cerebro límbico (la emoción) deje de ocupar toda nuestra atención.
Con todas nuestras capacidades de decisión disponibles, se equilibran razón y emoción, y podremos gestionar mejor las situaciones para pasar a la acción y resolver lo que sea necesario.

