El camino de descubrimiento espiritual comienza solo en el pan diario.
Sin la conexión con el cuerpo, las formas grandilocuentes del camino espiritual son solo un despiste embriagado.
La mente adora fantasear y volar para gozar en ideas grandilocuentes, y se olvida que todo empieza en lo cotidiano del pan. En este vuelo placentero, se pierde la conexión con la materia y se abren ensoñaciones infinitas, como un timonel entusiasmado que pierde rumbo y lugar. El mapa para caminar al misterio, está en lo material.
Dice la hermosa canción ábrete corazón: “para llegar a Dios hay que aprender a ser humano”: la piel, el cuerpo, carne y hueso. Es allí donde podemos sustanciar el misterio, sentirlo en la piel, escucharlo en el viento, cantarlo con nuestra voz.
Es en lo que está a nuestro lado donde podemos encontrar el Gran para qué, y como decía Gurdjeff “salvar a Dios”. El Misterio es pequeño, frágil, vulnerable al vuelo orgulloso de la mente. Es nuestra tarea librarlo del rapto de ensoñaciones, ritos pomposos y grandilocuentes que imaginan sin saber, porque solo se sabe con el cuerpo. La mente prefiere ensimismarse: y en sí misma se emborracha de un embeleso vacío.
Aquí una canción sencilla para volver a “donde juegan las iguanas”.
Después de volar por alturas teñidas de estrellas
buscando reyes míticos en tronos de verdades
que moraban en el cielo, olvidadas de la tierra,
vuelvo al suelo, justo allí donde juegan las iguanas,
y no imaginan el sol,
sino que se calientan a su luz.

