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Más allá de la identidad cultural: el auténtico «yo colectivo»
15 de julio de 2023

Encontrarse más allá de la forma cultural necesita estar en orden con uno mismo.

El papel de la tradición y la cultura de los lugares es unir en un espacio común y llevar a la persona más allá de esos ritos y formas de ver el mundo. Son sólo un camino para llegar a lugares comunes mucho más amplios y nutritivos, como la sensación de pertenencia, la unión en espacios universales con un sentido compartido, que hacen que surja algo que es más grande que la suma de las partes.

Entregarse a la manifestación cultural propia del lugar y el individuo, convoca un algo inmaterial que está por encima del individuo, una sensación inaprehensible pero que inunda el espacio y a cada una de las personas que lo comparten. Hace falta una atención sutil para reconocer eso. Ese lugar inmaterial colectivo, al que es difícil describir, pero es de una grandeza que solo nace en el compartir desde lo mismo, es un espacio de anhelo de unidad con algo mayor.

Cuando la cultura es motivo de enfrentamiento, de separación, de comparación, juicio de valor o deseo de conquista, se pierde la esencia de ese camino. Y esta conquista no depende de los poderes materiales asociados a esa cultura: es una proyección del mundo interior del individuo, de sus luces y sus sombras. Es necesaria mucha claridad en la mente y limpieza de corazón para vivir el camino de la identidad cultural y no quedarse a medias, llegar al otro lado, al espacio compartido en el que la identidad cultural es solo un medio y no un fin. Señalar al que es diferente, y hacerlo sentado desde el sillón de las limitaciones de una cultura, sin ver más allá, es un ejercicio de pequeñez de alma y corazón.

En ese lugar más allá de la cultura nos encontramos todos en un reconocernos más allá de las formas de cada uno. Pero para llegar allá hay que ordenar la casa propiareconocer las cuentas emocionales pendientes, limpiar la inmundicia acumulada en relaciones, y aceptar con responsabilidad, humildad y compasión nuestros desaciertos, para poder sanarlos. Si no, esos espacios usan la diferencia cultural como arma de confrontación injusta. Con el corazón limpio y la mente clara, entonces sí podemos llegar al otro lado y contemplar que todos buscamos lo mismo y somos más parecidos de lo que imaginamos, más allá de que bailemos jotas, sardanas, salsa o country.

Hace falta valor en el corazón para acoger los maravillosos colores de cada lugar, y sentir que, más allá de eso, somos todos hermanos y nuestro color es el mismo.

Victor Hugo García
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